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Acuerdo Mercosur-UE: el festejo del campo y las advertencias silenciosas de la industria

El Gobierno celebró la ratificación del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, destrabado tras 25 años de negociaciones, y destacó el respaldo mayoritario de los países europeos. Sin embargo, el principal foco de tensión podría trasladarse al plano interno: mientras el sector agropecuario aplaude el tratado, la industria observa riesgos concretos si el acuerdo finalmente entra en vigencia.

En público, el establishment empresarial evitó críticas abiertas. El G6 —que agrupa a bancos, comercio, construcción, agro e industria— emitió un comunicado de apoyo, subrayando que el acuerdo favorecerá el intercambio de bienes y servicios, impulsará las exportaciones y generará empleo. Este respaldo se da en un contexto político en el que el Gobierno de Javier Milei busca sostener apoyos para avanzar con reformas estructurales.

No obstante, economistas y referentes industriales advierten que el impacto no será homogéneo. Especialistas señalan que la Argentina podría verse más perjudicada que Brasil debido a la menor fortaleza de su entramado industrial. Sectores como el automotriz y la maquinaria agrícola aparecen entre los más expuestos, mientras que los beneficios se concentrarían principalmente en el agro. Aun así, algunos analistas relativizan el impacto general del acuerdo y señalan que la principal amenaza para la industria local sigue siendo la competencia china.

La diferencia de miradas quedó clara en las posturas sectoriales. La Sociedad Rural Argentina celebró el acuerdo con un informe altamente favorable, destacando la reducción de aranceles, el acceso preferencial para el 99% de las exportaciones agroindustriales, la eliminación de retenciones hacia la Unión Europea y las cuotas para carne y cereales. Según el agro, el tratado aporta previsibilidad y abre oportunidades de largo plazo.

La industria, en cambio, adoptó una posición más cautelosa. Si bien reconoce oportunidades estratégicas, advierte que sin políticas que mejoren la competitividad —como una baja del costo argentino, reformas tributarias, mejoras logísticas y apoyo a las pymes— el acuerdo podría derivar en un aumento de importaciones europeas, escasa inversión productiva con valor agregado y una aceleración de la desindustrialización. También alertan sobre el riesgo de fragmentar cadenas productivas dentro del Mercosur.

Con el acuerdo aún pendiente de instancias formales para su plena vigencia, el desafío para el Gobierno será definir si prioriza nuevamente al sector agroexportador o si construye el marco que la industria reclama para evitar que el tratado profundice los desequilibrios productivos del país.